sábado, 7 de abril de 2018

El Plan






Un despiste, un descuido o como en este caso, un infortunio puede cambiar tu vida para siempre. No sé muy bien cómo acabé en la estación de metro Embajadores. Salí del vagón para encauzar mi camino y allí fue donde la vi. Atrapado en el interior de una escalera mecánica no pude hacer nada por alargar el encuentro. Cuando traté de darle alcance ya era demasiado tarde. Su figura se había perdido entre la marabunta y yo me quedé allí solo, desorientado, tratando de respirar en un mar de personas sin consciencia, que me habían arrebatado la posibilidad de volver a ser feliz. Sin rumbo fijo, continué mi camino, pensando que aquel encuentro no podía haber sido casual. Llegué a casa y decidí que tenía que hacer todo lo posible por volver a verla. 

Pasé toda la noche en vela tramando un plan. Era algo serio, pensado, madurado, sin fisuras. Lo firmaría el mismísimo Hannibal Smith. Al día siguiente, me fui al chino y compré varios artilugios. Como decía mi tío Agustín, también muy aficionado a las series americanas “No hay buen plan que no precise de buenos artilugios”. Compré un sombrero, unos guantes, pintura de cara, una peluca, unas gafas psicodélicas, una trompeta de juguete, una caja de plástico grande y detergente líquido. Esto último no era para el plan.  Lo metí todo en la caja, bueno, casi todo, y me fui a la estación de metro rumbo Embajadores. 

Era hora punta. La estación estaba a rebosar. Realicé una pequeña inspección y encontré la mejor ubicación para llevar a cabo el plan. Puse la caja en el suelo, saqué todo el contenido y me lo puse encima. Le di la vuelta a la caja, me subí en lo alto y empecé a tocar la trompeta lo más fuerte que pude mientras que con un delicado baile me bajaba los pantalones y dejaba ver mis partes más apreciadas. La gente no tardó en darse cuenta del espectáculo y entre silbidos, gritos y abucheos se creó un tumulto sobre mi actuación que fue creciendo por la insaciable curiosidad de la muchedumbre. 

Todo estaba saliendo según el plan. Con tanta gente allí, las opciones de que ella apareciera serían mayores. Era cuestión de probabilidad. Y así fue. Allí subido en la inestable caja del chino, al ritmo del trompetero bailón, la vi aparecer a lo lejos. Venía corriendo hacia a mí. Sabía que aquel espectáculo iba a ser irresistible para ella. Cada vez estaba más cerca. La cola de su cabello bamboleaba al compás de la música. Todo parecía ir a cámara lenta. Podía verle la cara de ansiosa por llegar hacia a mí. Iba apartando a la gente con vehemencia y yo cada vez la veía más cerca. La música de la trompeta no paraba de sonar. Cuando apenas estaba a unos metros de mí y sin que pudiera presentarme como es debido, sacó una porra del cinturón del uniforme y me atizó en la cabeza. 

Desperté en el hospital y cuando abrí los ojos me preguntó algo la enfermera. Sin entender lo que me dijo, le pedí que se acercara porque apenas podía articular palabra y le susurré al oído “me encanta que los planes salgan bien”




RL Carreras






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