Apenas habían pasado
unos días desde la Gran Fiesta, pero siendo un erasmus de 23 años, una semana
sin una buena juerga era una eternidad. Esa noche haríamos otra fiesta, aunque
esta vez no seríamos los anfitriones, por lo que, aunque bebiéramos lo mismo,
no podrían culparnos de ningún destrozo. La convocatoria fue a las 18:00, tal
vez algo pronto, pero por aquellos lares no parecía tener importancia. Me puse
el traje de faena y salí de la chambre
dispuesto a darlo todo. No suelo ser puntual y está vez tampoco lo fui.
Cuando llegué al evento encontré una marabunta a la entrada y pensé que dentro habría al menos otra igual, pero conforme me acercaba todo empezaba a complicarse. No se oía música, no había nadie vomitando y uno que no conocía de nada se cruzó conmigo sin decirme una sola palabra. Tal vez se haya acabado la cerveza, se haya ido la luz o algo aun peor, ¡se haya cancelado la fiesta! Cuando llego, busco a los míos y me intereso por la situación.
Cuando llegué al evento encontré una marabunta a la entrada y pensé que dentro habría al menos otra igual, pero conforme me acercaba todo empezaba a complicarse. No se oía música, no había nadie vomitando y uno que no conocía de nada se cruzó conmigo sin decirme una sola palabra. Tal vez se haya acabado la cerveza, se haya ido la luz o algo aun peor, ¡se haya cancelado la fiesta! Cuando llego, busco a los míos y me intereso por la situación.
- Todo bien, es sólo
que aún no ha empezado - me comentan los allí presentes.
- ¿Empezado? No
entiendo. ¿Empezar el que? – pregunté sorprendido.
- La fiesta, es que nos
han dicho que va a ser diferente.
Me quedé intrigado y preocupado.
Tras 15 minutos esperando fuera sin beber una mísera cerveza, se abre la puerta
del local y aparecen unos chavales con gorros en la cabeza tipo Papá Noel, pero
sin tanto glamur. Yo los conocía y les pedí amablemente algo de beber,
pero me respondieron con algún tipo de charada sobre el pan, el vino y el camino. Se lo
decían a todos. No entendí muy bien el mensaje, seguramente porque estaba en otro idioma. Pero
pensé que una copita de vino no me vendría nada mal.
Cuando entramos en el local no había música, ni barra, ni bola de luces, ni mi copa de vino, ni nada parecido a una fiesta. Había unas cuantas sillas y una especie de tarima al fondo. Yo no me podía creer que a eso se le pudiera llamar una fiesta, pero quien sabe. Muy diligente, me senté junto al resto de los sorprendidos invitados para ver de qué iba todo aquello. Cuando entramos todos, saltaron a la tarima los organizadores del evento con disfraces artesanos, dispuestos a hacer una representación teatral. Algo importantísimo, de vida o muerte que debían contarnos. No recuerdo muy bien de qué iba la historia, trataba de un rey llamado Jaume o algo así y de su reinado en no sé dónde. Supongo que sería una hipérbole o una metáfora surrealista, vaya a usted a saber. Yo sólo trataba de entender que hacía allí y por qué me habían timado de aquella manera.
A los 5 minutos de empezar el espectáculo, unos cuantos comenzaron a silbar y protestar. Parecían disgustados con la función. Yo no aguanté mucho más. Viendo que aquellos culturetas no estaban dispuestos a pinchar ni un barril, me fui con los indignados a emborracharnos con vino de cartón y homenajear a don Manuel Escobar.
Cuando entramos en el local no había música, ni barra, ni bola de luces, ni mi copa de vino, ni nada parecido a una fiesta. Había unas cuantas sillas y una especie de tarima al fondo. Yo no me podía creer que a eso se le pudiera llamar una fiesta, pero quien sabe. Muy diligente, me senté junto al resto de los sorprendidos invitados para ver de qué iba todo aquello. Cuando entramos todos, saltaron a la tarima los organizadores del evento con disfraces artesanos, dispuestos a hacer una representación teatral. Algo importantísimo, de vida o muerte que debían contarnos. No recuerdo muy bien de qué iba la historia, trataba de un rey llamado Jaume o algo así y de su reinado en no sé dónde. Supongo que sería una hipérbole o una metáfora surrealista, vaya a usted a saber. Yo sólo trataba de entender que hacía allí y por qué me habían timado de aquella manera.
A los 5 minutos de empezar el espectáculo, unos cuantos comenzaron a silbar y protestar. Parecían disgustados con la función. Yo no aguanté mucho más. Viendo que aquellos culturetas no estaban dispuestos a pinchar ni un barril, me fui con los indignados a emborracharnos con vino de cartón y homenajear a don Manuel Escobar.
RL Carreras
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