jueves, 8 de marzo de 2018

El Trapecista





Todo se complica cuando siendo un niño de siete años tu ídolo es un trapecista. Pero no un trapecista cualquiera, hablamos de Servando Pando el más intrépido y arriesgado malabarista de la bahía. Quince días en cada pueblo jugándose la vida por obtener un reconocimiento en el Olimpo circense. Allá donde actuaba iba a verlo en compañía de mi padre siempre que mis pueriles obligaciones me lo permitieran.

Estábamos en la temporada estival. Yo la odiaba porque el circo se llenaba de gente y la magia del espectáculo se camuflaba entre la paupérrima muchedumbre. Una tarde de ese verano mi vida cambiaría para siempre. Servando no tuvo su mejor actuación, el calor era soporífero y la ejecución se vio mermada por la ausencia de aire acondicionado en el recinto. 

Cuando terminó, se dirigió hacia el público para agradecer el escaso pero cálido aplauso y entre el gentío pude sentir su mirada de complicidad que me puso el corazón a mil. “¡Papá, papá despierta, Servando me ha mirado!” A la salida nos detuvo el guarda de seguridad y me dijo al oído unas palabras que en mi cabeza sonaron a música ceremonial "Chico, Don Servando te quiere conocer". ¡No me podía estar pasando esto a mí! Por fin mi infinita entrega y fidelidad obtienen recompensa.  

Mi padre se quedó protestando fuera y yo entré dentro, por una puerta que impedía el paso al personal ajeno.  No llevaba mi mejor ropa, pero eso ya poco importaba. Abrí la puerta de su camerino despacio, nervioso, tembloroso y allí lo vi sentado en una silla junto a un gran espejo lleno de bombillas encendidas, aunque no todas. 

Servando Pando me miró a través del espejo, se levantó y se giró hacia a mí. Antes de que dijera una palabra, se escuchó un atroz estruendo que hizo retumbar las paredes de la caravana. Me asusté y me quedé paralizado en la puerta entre el miedo y la emoción. Mientras trataba de entender que había pasado, empezó a llegar un hedor inmundo y espeso que dilapidó por completo mi inocente espíritu acróbata. Aguantando las ganas de vomitar y con los ojos llenos de lágrimas, eché a correr sin mirar atrás, cerrando una página triste y cruel del libro de mi vida. 




RL Carreras

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