domingo, 4 de febrero de 2018

Desde el Felpudo




Por aquella época mis viajes eran más intensos. Tantas idas y venidas acaban por erosionar cualquier atisbo de orden rutinario poniendo en jaque los quehaceres cotidianos. Como cada mes tenía cita con don Antonio, un señor mayor que supo ver inversión en aquella plaza de garaje llena de trastos viejos. Consciente de que entre tanto polvo no había ningún Rembrandt, se deshizo de aquellos bártulos con sigilo para no despertar a la furia de las nueras. Donde antes había recuerdos olvidados y falsas expectativas ahora hay 15 motos rentando a 24 euros mensuales cada una.  Mi CB250 era una de ellas y como iba diciendo, en aquella época se me pasó abonar la cuota del mes de febrero. Don Antonio era hombre de barrio, sencillo y campechano, por lo que prefería que se le pagara en metálico y de paso evitar problemas con los no tan sencillos miembros del fisco. Entre vuelo y vuelo quedo con don Antonio en su casa para saldar mi deuda de 2 meses. Era un sábado por la mañana y me abre la puerta ranciamente ataviado espantando cualquier conato de querer entrar.

-  Buenos días don Antonio, venía a saldar mi deuda.
-  Hola joven, pasa.
-  No se preocupe, su felpudo parece muy confortable. - No se rio. -  Aquí tiene 50 euros por los dos meses que le debo. Siento mucho el retraso.
-  No te preocupes, ahora mismo te traigo la vuelta. - Dijo mientras se guardaba el billete en la cartera.
-  No hace falta don Antonio, por las molestias.
-  No hijo, es su dinero. Espere que se lo traigo.
-  No de verdad, no es necesario. Un día de estos me invita a una cervecita y listo.
-  Que no, que no. Se lo traigo ahora.
-  En serio Don Antonio, no insista.

Cinco minutos después comprendí que el tiempo de don Antonio valía mucho menos que el mío y podríamos estar así demasiado tiempo.
-  Este dinero es suyo y se lo voy dar quiera o no.

Derrotado, asentí con la cabeza mientras observaba como don Antonio recorría el pasillo hacia el interior de su casa. Por un momento pensé en salir corriendo, pero no quería ser un fugitivo el resto de mi vida. Esperé en lo alto del felpudo hasta que por fin apareció.  Recorrió el pasillo en sentido inverso con lo que parecía una moneda en la mano y una sonrisa complaciente que iluminaba su rostro.
-  Toma hijo, esto es tuyo.


Al sentir la moneda en mi mano supe que algo no iba bien. Miré la mano y allí había una moneda de 50 céntimos limpia y brillante con la cara del Rey riéndose de mí.  Atónito y sorprendido alcé la vista a don Antonio que sin el mínimo gesto de remordimiento correspondió la mirada. Estuvimos así varios segundos que se hicieron eternos. El parecía no entender nada, pero sí. Aparté la mirada y dije un hasta luego vacío y triste que probablemente fuera correspondido. Me fui por la escalera tratando de convencerme de que aquel pobre hombre se había equivocado. Pero no podía evitar pensar que aquel viejo me había robado cual trilero en la calle Sierpes. Nunca lo sabré. En Abril cambie la moto de garaje y nunca más volví a ver a don Antonio. 



RL Carreras

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