El tiempo todo lo cura, pero hay heridas que tardan en cicatrizar y por mucha terapia siempre
quedan secuelas. Lo peor no fue decidirme a participar en aquella compleja operación. Era consciente de los riesgos, pero sabía que era el candidato perfecto y con una educación militar de cuna el miedo no es una opción. Si no hubiera sido tan descuidado
todo esto no hubiera pasado, pero claro ya es tarde para arrepentimientos.
Fue una operación relámpago, planificada en apenas dos semanas por un equipo de élite y ejecutada con maestría. Pero creo que no medí bien las consecuencias y los posibles daños colaterales.
Estaba claro que todo aquello no iba a quedar así. A los pocos días de la intervención y cuando parecía que todo se iba calmando, fue cuando realmente empezó la pesadilla. De la noche a la mañana mi libertad fue puesta en cautiverio. No sé muy bien como acabé en aquella habitación de tres por tres metros, oscura y poco ventilada y tampoco el número de veces que la visité. Cada vez que me llevaban a aquel lugar se me iba una parte de mí.
Maxi, como lo llamaban los suyos era poco hablador. Desde que llegaba hasta que se iba se concentraba en hacer su trabajo, practicar dolor. Siempre comenzaba con descargas eléctricas y después continuaba con otras técnicas de torsión, flexión y extensión. El dolor era su arte y lo tenía perfectamente medido: ni demasiado poco para que no me relajara, ni demasiado intenso para evitar el desmayo.
Así estuvimos cerca de cuatro meses en los que, a pesar de las pocas palabras, conseguí entablar cierta amistad. Al final él era un subordinado más y cumplía órdenes de arriba. Fue gracias a esta extraña relación lo que me permitió salir de aquel infierno. Ya ha pasado un tiempo de todo aquello y puedo decir que estoy totalmente recuperado.
A pesar del dolor y el sufrimiento, no puedo dejar de agradecer a Maxi lo que hizo por mi y aconsejarselo a todo aquel que necesite un fisioterapeuta tras una operación de hombro luxado. Gracias amigo, siempre te seré fiel.
Fue una operación relámpago, planificada en apenas dos semanas por un equipo de élite y ejecutada con maestría. Pero creo que no medí bien las consecuencias y los posibles daños colaterales.
Estaba claro que todo aquello no iba a quedar así. A los pocos días de la intervención y cuando parecía que todo se iba calmando, fue cuando realmente empezó la pesadilla. De la noche a la mañana mi libertad fue puesta en cautiverio. No sé muy bien como acabé en aquella habitación de tres por tres metros, oscura y poco ventilada y tampoco el número de veces que la visité. Cada vez que me llevaban a aquel lugar se me iba una parte de mí.
Maxi, como lo llamaban los suyos era poco hablador. Desde que llegaba hasta que se iba se concentraba en hacer su trabajo, practicar dolor. Siempre comenzaba con descargas eléctricas y después continuaba con otras técnicas de torsión, flexión y extensión. El dolor era su arte y lo tenía perfectamente medido: ni demasiado poco para que no me relajara, ni demasiado intenso para evitar el desmayo.
Así estuvimos cerca de cuatro meses en los que, a pesar de las pocas palabras, conseguí entablar cierta amistad. Al final él era un subordinado más y cumplía órdenes de arriba. Fue gracias a esta extraña relación lo que me permitió salir de aquel infierno. Ya ha pasado un tiempo de todo aquello y puedo decir que estoy totalmente recuperado.
A pesar del dolor y el sufrimiento, no puedo dejar de agradecer a Maxi lo que hizo por mi y aconsejarselo a todo aquel que necesite un fisioterapeuta tras una operación de hombro luxado. Gracias amigo, siempre te seré fiel.
RL Carreras
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