domingo, 24 de junio de 2018

Tiburón Ballena




Los tiburones son fieros y temibles. Las ballenas son bonitas y mansas. El tiburón ballena, ni es tiburón, ni es ballena, o tal vez si. En cualquier caso, ese nombre es más marketing que otra cosa.   

Esta inconformista especie no ceja en su empeño de buscar mejores lugares donde habitar, haciendo de las migraciones su forma de vida. Cuando el tiburón ballena migra, lo hace discretamente, en grupo, disfrutando del trayecto en la inmensidad del mar infinito. Esta experiencia puede convertirse en tu mejor aventura si en algún momento de esta travesía pasan junto a tu destino vacacional.

En ese momento es cuando de forma inexplicable,  conectas con los cetáceos y te invade una sensación obsesiva de tener que perturbar su paz migratoria. Nunca habías oído hablar de ellos, pero estando tan lejos de tu casa es complicado dejar pasar esta oportunidad.

En mi caso, me encontraba con la parienta estrenando anillo en la idílica isla de Holbox. A pesar del poco turismo y de lo poco extendidas que estaban las redes sociales por entonces, nos vimos envueltos en la magia de los tiburones ballena y nos enrolamos en la excursión organizada para darles encuentro y conocerlos personalmente.

La resaca del mejor tequila no impidió que finalmente el barco zarpara con nosotros dentro. Los nervios estaban a flor de piel. La boca seca, el ambiente salino, el olor a gasoil... todo se acentúa cuando estás a punto de vivir algo tan grande. 

El Casio colorado que compré unos días antes en Nueva York, se convirtió en mi mejor aliado. Había que medir bien los tiempos. Un error de cálculo te podía dejar fuera de vivir un momento histórico. El capitán era consciente y llevó al límite su vieja barcaza. 

Tras varias millas náuticas conseguimos por fin alcanzar un grupo de tiburones ballena. Avanzaban a gran velocidad, como si también tuvieran prisa. Sin pensarlo dos veces me tiré al agua para bucear junto a ellos. Sin parar de nadar, trate por todos los medios de ponerme a su nivel. La parienta desde arriba intentaba hacer la instantánea. Fue entonces cuando un tiburón ballena redujo el ritmo permitiendo que me acercara. Cuando estaba a menos de veinte centímetros de mi, extendí la mano y le acaricié el lomo. En cuanto lo toqué, nos fusionamos telepaticamente y sentí su voz dentro de mi cabeza, como un susurro en perfecto castellano: "lo vais a conseguir". Quizás fuera el delirio del momento, pero yo escuché clara y nitidamente esas palabras en mi interior.

El mamífero no se equivocó, lo conseguimos. En cuanto llegamos a tierra nos fuimos corriendo al salón del hotel y en pantalla de cien pulgadas, sufrí y disfruté  junto a la niña de mi vida, del Iniesta de nuestra vida.

Aún se me ponen los pelos de punta cada vez que veo ese gol, el gol de todos. Ese día dejamos de ser ballenas y nos convertimos en tiburones. 



RL Carreras

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