Nunca he visto la vida de color de rosa. Se dieron cuenta de mi problema cuando apenas tenía 3 años. Los médicos pensaban que tenía algun tipo de trastorno que me impedía ver el mundo como los demás. Yo no era consciente de mis limitaciones, había nacido así y no conocia otra cosa.
El viacrucis hospitalario en busca de un remedio fue en valde. Un especialista en neurología con estudios en el extranjero lo llamó acromatopsia cerebral. Se trata de un defecto en las conexiones neuronales entre el ojo y la corteza del cerebro que transforma el espectro electromagnético visible en diferentes tonalidades de grises.
Para mí es imposible distinguir un naranja de un verde o de un azul. Sí, se que el cielo es azul, la hierva es verde y las naranjas son naranjas. Basta con memorizarlo. A cada color le intento asignar un recuerdo vinculado a otro sentido como el gusto, el tacto u olfato. De esta forma hay olores azules, sabores verdes, etc.
No parece algo muy grave, pero por lo visto sí lo es. No percibir la realidad a todo color, provoca un bloqueo en la emisión de serotonina y acaba generando trastornos depresivos severos a tratar con terapia psiquiátrica junto con medicamentos varios.
Crecí con este "don" en un pequeño pueblo de Galicia. Mi padre era soldador de primera en los astilleros de El Ferrol. Cuando llegó la crisis naval, muchos encargos se cancelaron y otros se trasladaron a la fábrica de Cadiz. A mi padre no le quedaron muchas alternativas. Nos tuvimos que ir todos para allá, prácticamente de un día para otro.
Nos mudamos a una pequeña casa en Puerto Real. Nos costó mucho empezar a entender a la gente, pero nos adaptamos bastante bien. El primer día de colegio mi madre tuvo que ir a ver a la directora y a la que iba a ser mi tutora para contarle mi problema. Ella no quería que se me tratara como a un bicho raro, pero claro, los niños de ocho años no tienen tanto tacto y en cuanto la señorita me presentó y explicó mi asunto, en seguida empezaron las burlas y no tardaron en ponerme un mote. Como el negro ya estaba cogido, me pusieron Gris, Gandalf el Gris. Allí todos tenían mote, así que no me sentí excluido. Se ríen de la gente, pero de ellos mismos primero.
Un día sucedió algo extraordinario. Jamás había vivido algo así. Apenas llevaba dos semanas en el colegio y estando en clase de matemáticas veo desde la ventana a un niño jugando en el recreo con una camiseta diferente. Nunca había visto algo igual. Me levanté rapidamente del pupitre y me fui corriendo al patio a darle encuentro. La profesora fue detrás mía, pero no me alcanzó.
Me puse delante del niño que tendría unos once años y me quedé quieto mirándolo fijamente, expectante, asombrado, deslumbrado. El niño me miró y me metió un empujón que me tiró al suelo.
- ¿estas tonto o que? - me dijo el chaval
Yo estaba sin palabras. No es que fuera muy hablador, pero mi mente se había quedado en blanco, como en shock.
La señorita llegó al patio y empezó a preguntarme angustiada que qué me pasaba. Toda mi clase estaba asomada a la ventana y yo aún tendido en el suelo alcé la mano y señalé con el dedo al chaval. El niño trató de huir, pero yo me avalancé sobre él y lo detuve.
- ¡veo este color! - Grite con todas mis fuerzas.
El niño no entendía nada. Sus amigos tampoco.
- Es el amarillo - dijo la señorita mientras intentaba calmarme.
Avisaron a mis padres y me llevaron al hospital. Después de varios análisis y pruebas no supieron dar con la tecla de lo que había pasado y de si aquello era un síntoma de que mi afección estaba remitiendo.
No volví a ver el amarillo, ni ningún otro color en varios días. Parecía que todo aquello había sido un espejismo. Hasta que una tarde fuimos a la playa de Cádiz para conocerla. Estaba en el coche mirando por la ventana y entrando en la ciudad, empiezo a ver nuevamente ese color, el amarillo. Pero no una, sino cientos de veces, por toda la ciudad... mamá, mamá el amarillo!!! Lo estoy viendo!!
Por alguna extraña razón que nunca quise averiguar solo podía ver el amarillo del equipo de fútbol de la Tacita de Plata, el Cadiz CF. Supe que aquello era una señal. De esto ha pasado ya mucho tiempo. Mi enfermedad nunca remitió, pero cada quince días durante todos estos años he podido darme un baño de color en el Carranza acompañado por mi padre y ahora por mi hijo. No hay mejor terapia que ésta para sentirse vivo.
Os puedo asegurar que no hay nadie que sienta los colores del Cádiz tanto como yo. Hemos vivido buenos y malos momentos, en primera, segunda y segunda B. Y aunque a veces parezca que todo está muy gris, incluso de color negro, no dejéis nunca de venir al Carranza con vuestra camiseta. Vuestro equipo os necesita y a mi me da la vida.
RL Carreras
No hay comentarios:
Publicar un comentario