martes, 27 de noviembre de 2018

Turbulencias conyugales





Tras varios años sin poder coger unas vacaciones, había llegado el momento. La parienta lo organizó todo. Ocho días en un resort cinco estrellas en el Caribe mexicano. No es mi estilo, pero cualquiera le dice algo.

El acuerdo era tajante. "Nos vamos en avión como todo el mundo y en cuanto nos montemos, no quiero verte trabajar en nada". Se lo tuve que prometer. Mi mujer sabía con quien se habia casado, pero no terminaba de encajarlo. 

Mi trabajo es muy exigente, requiere gran compromiso y responsabilidad. Por mucho que intento colgar el mono de trabajo cuando llego a casa, los problemas no descansan y acaba afectando a la familia.

Llegando al aeropuerto recibo una llamada de trabajo informandome de un fuego que debia apagar. Mi mujer me miraba fijamente. Mi cara lo decía todo, la suya también. Cuando le confirmo que me tenía que ir, se escucharon sus gritos en Marte.  
- No me lo merezco - repetia una y otra vez. - No me lo merezco. Pero sabes lo que te digo, haz lo que te de la gana. Yo me voy a México - cogió la maleta y se alejó del taxi sin mirar atrás camino de la terminal. 

No quería que se fuera sola, pero no había alternativa. Pocas veces la hay y esto es lo que ella lleva peor.

Me fui volando a toda velocidad, me esperaban como agua de Mayo. El tema estaba muy feo, pero habia visto cosas peores. Se han acostumbrado a contar conmigo para resolver cualquier asunto. "No vayas, ya se las arreglarán" me decia siempre mi mujer. Ya no me dice nada.

Terminé la faena de un suspiro y regresé como un rayo al aeropuerto. Mi avión se habia ido ya con mi mujer dentro. Tras un momento de duda, decidí comprar otro billete para el siguiente vuelo. En cuanto embarqué, pensé que a pesar de todo, por fin estaba de vacaciones. 

Nunca había ido en avión y para mi fue una experiencia nueva, totalmente desagradable. Una pérdida de tiempo absoluta. La cosa fue a peor cuando el piloto anunció por megafonía que se aproximaba una tormenta y pasaríamos por un área de turbulencias. Los meneos fueron de menos a más, hasta que sin saber muy bien como, el avión empezó a caer en picado. 

La gente se puso histérica. No paraba de gritar esperando algún milagro que les sacara de aquella situación. El avión no recuperaba el control y el suelo se veía cada vez más cerca. La catástrofe parecía inevitable.

En ese momento se me vino a la cabeza la imagen de mi mujer. No quería decepcionarla una vez más. Mis promesas son sólidas como el acero, pero no podía dejar que cargara con aquella culpa. 

Me armé de valor y con el avión aun en caida libre, me hice un hueco entre tanto caos para poder acceder a la salida de emergencia. Sin pensarmelo dos veces, abro la puerta y salgo disparado. Consigo engancharme en el ala izquierda del Airbus A320. Con un suave movimiento de muñecas estabilizo el avión y lo dirijo al aeropuerto de destino haciéndolo aterrizar con la diligencia que me caracteriza.

La gente empezó a bajar por la rampa hinchable de emergencia donde bomberos y ambulancias esperaban ansiosos para atender a los heridos. En ese momento de confusión me vuelvo a mezclar con el pasaje haciendo que mi hazaña pasara inadvertida.

Todos estaban en shock. Para ellos había sido una experiencia vital. Para mi solo es trabajo, aunque esta vez era distinto. Se suponia que ya estaba de vacaciones y habia incumplido mi promesa. Mientras la médico me examinaba "¿Señor Kent está usted bien?", yo no paraba de darle vueltas a la cabeza pensando si debía o no contárselo a mi mujer.


RL Carreras





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